Ella nunca podrá olvidar el día que lo conoció. Estaba dentro de esa cubo metálico de tamaño familiar. Salió de allí como si de una caja de regalo se tratara. E igual que si fuera un gato escaldado la miró de una forma tan recelosa y huidiza, que la dejó sobrecogida para el resto de su vida.
Vida, que compensó con momentos especiales llenos de abrazos de amor, de miradas encantadas y tiernas, quedándose entonces y eternamente acomodado en su corazón.
Y cómo todos los días desde entonces, espera, con un hilo de expectación irreal y absoluto, que se abra la puerta del ascensor, cada día mas premioso, cada día más pausado.
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