miércoles, 31 de agosto de 2011

¿Hay alguien ahí?



Supongo que hay días de flojera, en los que la vida se hace más cuesta arriba de lo habitual. Entonces  este vacío en el estómago se coloca el primero de la lista de sensaciones sin definición por ahora, angustia vital, me dijo una amiga que podía ser, me pareció un diagnostico algo arriesgado. 

No hay nadie en casa solo mi sombra y yo. Deambulo como un autómata, me siento en la butaca y saco del cajón un álbum de fotos. Revisar entre los recuerdos lejanos y cercanos puede ser un calmante para la añoranza, pero no le encuentro alivio a esta pesadumbre. Escuchar Moolight de Beethoven, suele funcionarme para recoger el alma de nuevo en el cuerpo. Y claro entre búsqueda y más búsqueda de alivio para mi vacío de estómago, me da por pensar en mi vida... a ver si es que hay alguien de mi pasado, que se ha quedado trabado en el camino y no lo encuentro en mi presente y claro... eso me ha desorientado. Pienso... que los que estuvieron y ya no están, o es porque se equivocaron ellos o es porque me equivoqué yo o es porque es mejor así.

Existen días en los que siento que me falta alguien, como hoy. Llamo a los amigos para hablar de cosas triviales, al chico que me gusta, hablo con los compañeros de trabajo, incluso con mi jefe, aunque por supuesto sé que él no es ese "alguien" que me falta, visito a mi madre más a menudo, me siento con mi padre a ver el partido de fútbol, aunque no me gusta el fútbol, le doy conversación a mi hija con "arrechucho" incluido, pero el calor humano que necesito no esta en ellos.

Han sido tantos años de independencia y libertad, a veces elegida otras obligada, lidiando con las cosas de la vida, a falta de alguien... estaba nadie para ayudarme.

Pero todavía falta hasta llegar a la meta final, falta una barbaridad de cosas por hacer, de lugares por visitar, de gente por conocer, de sentimientos que despertar, de curiosidades que saciar, y muchas cosas que hacer en mi libertad elegida con soledad obligada, perdón por el juego de palabra.

Me imagino a mi misma a veces cuando sea viejecita, y tenga que teñirme el pelo cada semana, llevar ropa ancha y holgada, cuando se me arrugue el gesto por las molestias de los huesos al levantarme de la silla. Y me alegra pensar en el largo camino que me falta todavía.  

Me gustaría poder retirarme como los elefantes. Cuenta la leyenda popular que los elefantes cuando están próximos a su muerte regresan al lugar donde nacieron haciendo con este peregrinaje un acto de vuelta al origen.

Y quizás, quién sabe,  mas allá del origen encuentre a alguien...que complicada e intrigante es la vida.

martes, 16 de agosto de 2011

La chica de la mesa de al lado.

La luz del medio día clara y nítida como es habitual en la isla iluminaba todos los rincones del pequeño restaurante de la costa,  el color azul  de los manteles era más intenso a esa hora. La luz blanca resaltaba los cuadros colgados en las paredes, con pinturas de pescadores azorados en la labor de recoger las redes en la orilla de una playa, que eran tan parecidas a las que veía a través de los cristales del restaurante, que podrían haber servido como modelo al pintor.

En este armónico marco transcurría el medio día del domingo cuando reparé en mi amigo que, sentado frente a mí, insistía en encontrar una información en el móvil como si fuera la última y la más importante de su vida, no hay nada como las nuevas tecnologías para mezclar el ocio con el trabajo. Hasta que de pronto volvió a percatarse de mi presencia, tras disculpas y explicaciones, nos dispusimos hacer el pedido de la comida, por supuesto, siempre enlazada con un vino de la tierra que el camarero acomodó en la cubitera con agua y hielo, como si fuera parte de un delicado ritual.

Era uno estos restaurante que cobran el cubierto, la vista del paisaje y posiblemente los buenos días, que justifican la considerable cuenta con juegos geométricos al colocar la comida en el plato. Siempre me pasa, no puedo evitar imaginar al cocinero manipulando la zanahoria, procurando colocarla de forma creativa y graciosa junto con la lechuga y el tomate, no sé porque me ocurren estos pensamientos.

En fin, la protagonista de esta historia no es la ensalada que comimos esa tarde, si no una muchacha que nos llamó la atención por lo peculiar de su presencia. Reparamos en ella al encontrarla sentada en el centro de la sala, apoyaba la silla en el arco que delimitaba las dos zonas del restaurante, aparentaba no importarle lo que pensara la gente que empezábamos a mirarla con cierta curiosidad, mientras tanto ella esperaba a que se desocupara la próxima mesa.

Su aspecto era esbelto y frágil, cabello de color castaño claro con bucles que se descolgaban mas abajo de los hombros formando bonitas ondas elásticas, de rostro alargado, labios finos y ligeramente perfilados, pómulos marcados por la delgadez que a la vez resaltaban los ojos grandes y azules, tristes y cansados, enmarcaban su bello rostro.

Consiguió mesa al lado nuestro, con la suficiente distancia para poder observarla sin ser descubiertos.Y entonces comenzó el juego de opiniones sobre el misterio de nuestra vecina de mesa, la imaginación comenzó a fluir entre mi amigo y yo...


—Sin duda se siente una mujer desdichada le comenté a mi amigo dándole rastre a mi fantasía, sus ilusiones se han venido abajo, sin saber que había hecho mal. Cuando se levantó esta mañana, él no estaba, encontró un pos-it en la puerta de la nevera que decía: "lo siento, no puedo seguir". ¿Es suficiente explicación para una mujer?, no, por supuesto que no, la cobardía debería estar penada en el amor, como mínimo con un año de desamor. Por que si es difícil superar el enamoramiento, es mucho más complicado, si no entiendes de quien ha sido la culpa de tu dolor.

No contestó mi amigo después de lanzar una rápida mirada a la chica—, ha sido ella quien lo ha abandonado. Desde que conoció al otro chico que se cruzaba con ella todos los días en el ascensor. Un día él le preguntó cuanto tiempo llevaba viviendo en el edificio. Acabaron tomando un café en el bar de la esquina de casa, desde ese día ella no es la misma. Lo busca con la mirada en todas partes, piensa en él antes de irse a dormir por las noches, y lo peor, cuando estaba con su novio ya no podía pensar si no en el otro. Definitivamente se había enamorado, pero éste otro, está casado y además tiene hijos. Un hombre que se va con la vecina a tomar café y la enamora pero es demasiado tradicional para acabar su matrimonio, no es trigo limpio.

Cualquier historia de estas, puede llevarte a una situación como la de la misteriosa chica de la mesa de al lado y sin duda a quienes lean este relato, se les ocurrirán miles de historias de amor y desamor, como las que surgieron en la conversación entre mi amigo y yo esa tarde de domingo en el restaurante de la costa.

Desde la ventana, el mar se deslizaba rápidamente por la arena para refrescar las piedras que ardían por el sol al golpearlas con fuerza proyectaba un sonido invariable e insistente que a la vez combinaba con el tintineo de los cubiertos en el interior del restaurante, inmejorable música para el medio día de cualquier domingo en la mejor compañía.


domingo, 17 de abril de 2011

Por fin estaba allí.

La ciudad nos recibió con una bofetada de aire frío, el suelo helado y resbaloso del tunel de acceso al aeropuerto nos advierte de la baja temperatura de esta ciudad  famosa y cosmopolita, pero tremendamente fría en esta época del año.

Después de abrazos y besos de recibimiento nos dirigimos a la calle. La noche cerrada y el relente de la ciudad no ayudó a mejorar la primera impresión, pero tampoco fue motivo suficiente para que la ilusión por conocerla menguara ni un ápice.

Las vicisitudes de mi vida habían retrasado este viaje demasiado tiempo. Por fin estaba allí.

De noche podía confundirse con cualquier otra ciudad, impresionantes autopistas, gigantescos carteles publicitarios, túneles interminables, que el taxi atravesaba deslizándose con gran habilidad, adelantando a otros vehículos a una velocidad elevada, que recordaba a las películas Starsky and HutchEsta particular impresión, puede ser debida a que vivo en una pequeña ciudad donde la carreteras no merecen el nombre de autopistas.

Primera hora de la mañana, un desayuno potente para enfrentar el día con energía. El termómetro marca -2 grados. Nos azaramos en vestirnos, colocando jersey sobre un par de camisetas y leggins bajo los pantalones de pana, un lío de ropa que agobiaba bastante dentro de el apartamento que tenia normalmente la calefacción sobre los 22 grados. 
Solamente la gente que veía desde la ventana tapada con bufandas hasta los ojos y gorros que se estiraban hasta el cuello, me indicaban que ahí afuera hacia frío de verdad. Ya en el calle,  minutos mas tarde, pensé si no debí ponerme un par de calcetines más, el frío intenso me paraliza, se me congelan los pensamientos mientras caminamos hacia la tienda para cargar la travelcard, solo 200 mts., y ya no siento las orejas.

Al atravesar el cementerio de Kensal Green uno de los mas antiguos y distinguidos de la ciudad, con casi dos siglos de antiguedad, la cámara de fotos iniciaba su labor. Posamos al lado y sobre las lapidas, que tienen esas formas atípicas, desordenadas y caídas por el gran tamaño de las raíces. Esbozábamos las primeras risas de la mañana.

Punkis, Emos, Góticos, Hippies, Raperos, Hip-hopperos, Rockeros, Heavys, etc..., impresionante la gran diversidad de gente. Mi hija adolescente disparaba su cámara de fotos sin ningún tipo de resquemor. Hasta el punto de sentir apuro por violentar la intimidad de algunos de los "peculiares" transeúntes de Camdem Town. Este mercado situado en un complejo de calles, es uno del los mas extravagantes y variados de la ciudad, recibe oleadas de turistas del todo el mundo, convirtiéndolo en un gran centro de modos de vida alternativos. 

Algo que me llamó poderosamente la atención, porque no lo he visto, ni en las zonas mas frías de mi país, es que la gente parece apesadumbrada, entristecida y con gesto lejano. Los veo subir al metro y  clavar sus miradas en el periódico o el vacío en un silencio mortal, y pienso, mientras les observo con disimulo, como serán sus vidas, espero que no sean tan triste como su aspecto. 

Contraste de gente, mezcla de culturas, si eres de fuera nunca te sentirás perdido, allí la gente no echa raíces, hablando de una forma generalizada, claro está. 

En los pub de la ciudad, preciosos y muchos de ellos tradicionales, de gran valor histórico, la cerveza transita con fluidez, hay que entrar en calor de una forma u otra, aun así, el ambiente del los pub es tan frío y denso, que se puede cortar la sensación con un cuchillo. Supongo que es parte del carácter de la gente de esta emblemática ciudad.

Al segundo día de nuestra llegada la ciudad se cubrió por un manto de nieve de 10 cm de grosor, que la hacia todavía mas interesante, en mis fotos todos los monumentos de la ciudad están cubiertos de nieve o se aprecia como nieva. Uno de los momentos mas entrañables del viaje, el paseo nocturno por el Támesis, ¡que frió!, la Torre y El Palacio de Westminster al fondo, iluminados, majestuosos, señoriales y magníficos.

Y de todos estos días, siempre recordaré con cariño, la tarde que disfrutamos de la pista de patinaje al aire libre en los alrededores de la Torre, con el Tower Bridge y el Támesis a muy poco distancia, un lugar impresionante, que aconsejo siempre a la gente que no deje de visitar. Los resbalones y caídas en la pista, son otra historia, por supuesto, propias de la poca costumbre, que nos hicieron reír toda la tarde.

Fueron días llenos de emociones, compartidos con gente muy querida y entrañable para nosotras, que con todo el cariño, nos guiaron por esta solemne ciudad llena de historia. Días que quedaran para siempre en nuestra memoria y nuestro corazón.




jueves, 14 de abril de 2011

El principio de un martes cualquiera

Abro los ojos con la impresión de haberme quedado dormida, la luz del día entra por las ranuras de la contraventana y se propaga por el dormitorio convirtiendo las paredes blancas en un retumbo de luz.

Escaneo mi memoria en milésimas de segundos intentando ubicarme en el día, martes, que día tan mal posicionado en la semana, justo después del ultrajado lunes y tan lejos del venerado viernes. 

Pienso en el día que me espera, no me apetece nada. Así pues, casi sin encontrar las fuerzas suficientes, salgo de la cama y con caminar pesado, como si mis piernas no estuvieran de acuerdo con la decisión, me encamino a la cocina pasando por el salón, iluminado a esa hora temprana por una luz tenue y templada, dándole a la habitación un ambiente acogedor y cálido y que, por supuesto, luce perfectamente ordenado. 

Después de poner una cafetera bien cargada, repitiendo el ritual de todas las mañanas, y más animada ante la idea de disfrutarlo al salir de la ducha, me decido a entrar en el baño.  Al limpiar el vaho que ha dejado en el espejo el agua caliente, me encuentro una vez mas con las arruguitas que ya se marcan alrededor de mis ojos y siento impotencia por no poder hacer nada para remediarlo. Mientras busco alguna arruga nueva que todavía no conozca, pienso en esa crema que vi el otro día en la tienda, milagrosa y carísima, que además, no pienso comprar por falta de fe. No hay marcha atrás, el paso del tiempo se plasma en mi rostro, sin clemencia ni indulgencia, se burla y se mofa de mi. La famosa frase, quien ríe mas tarde ríe mejor, no sirve en este caso, por lo tanto es mejor olvidarlo por ahora.

Apoyada en la encimera de la cocina, saboreo el primer café de esta mañana de martes, desprende ese aroma penetrante, que mi mente siempre relaciona con un momento de dicha, y mientras tanto escucho las noticias de la televisión, madrugadoras y por supuesto nefastas, como todos los días. Pienso que las cosas buenas de la vida están en estos pequeños instantes en soledad o compartidos con los seres queridos, que suelen carecen de importancia ya que se repiten a diario y quedan en la rutina. Pero que sin embargo son los momentos importantes del día.

Quién sabe, en un segundo tanta cosas pueden cambiar...

Abstraída en mis pensamientos, suena el timbre de la puerta a la hora de todos los días laborales, bolso, llaves, móvil y salgo a la calle dispuesta a colocarme en la línea de salida de este martes cualquiera.