Para
cada ciudadano de este planeta, tenemos una etiqueta que lo define en
sus creencia y prácticas sobre cuestiones de tipo existencial, moral
y sobrenatural, a esto lo denominamos religión, y nos hemos servido
de ella para confiar nuestra existencia a algo o alguien que es
superior a nosotros, y que es perfecto en espíritu y forma, al que
debemos adorar, venerar y honrar. Tenemos una larga lista de
etiquetas religiosas, que van desde el cristianismo al confucianismo,
pasando por el judaísmo o el hinduismo, también hay gente que no
cree en dioses, deidades o seres sobrenaturales, los etiquetamos como
ateos, y luego están los que piensan que es imposible saber la
verdad sobre la existencia de dios, de lo sobrenatural e
inalcanzable, creando la duda y el escepticismo, a este grupo los
llamamos agnósticos.
Si
hay un denominador común que nos hace iguales a la mayoría de
nosotros, es la espiritualidad, pero la espiritualidad que no está
relacionada con las creencias religiosas o con algún tipo de deidad,
la que tiene un sentido más filosófico, más amplio. A lo largo de
la vida y desde que hacemos uso de nuestra conciencia, nos hacemos
preguntas de tipo existencial, como por ejemplo: ¿de dónde
venimos?, ¿quiénes somos?, ¿hacía dónde vamos?. Esto es algo
intrínseco en el ser humano, nace en nosotros mismo y se desarrolla
en nosotros mismos, no está perseguido ni controlado por ningún
tipo de dogma que golpee nuestro ego o nuestra moral.
Este
tipo de espiritualidad, que despierta y da vida a nuestra conciencia,
es nuestra esencia. Somos seres inteligentes y la curiosidad por la
vida y el porqué de las cosas, está implícito en nosotros, y no
importa el lugar donde nazcamos, así sea en el más recóndito lugar
de esté planeta, siempre querremos saber más... esta
espiritualidad, sí está en nuestros genes.
Y
para terminar esta opinión, he encontrado una frase de Robert Gree
Ingersoll, líder político y orador durante la Edad de Oro del
librepensamiento en Estados Unidos, con la que me identifico
plenamente y que dice así: “La religión no admite, no puede
admitir, un hombre libre. Solamente acepta el homenaje de los
postrados y desprecia las ofrendas de los que se alzan erguidos”.
Yo a esto añadiría que la libertad es una emoción, un sentimiento,
por lo tanto es subjetiva en cada uno de nosotros y posiblemente,
después de la propia vida, es nuestro mayor tesoro.

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