lunes, 6 de enero de 2014

¿Dios está en los genes?

Para cada ciudadano de este planeta, tenemos una etiqueta que lo define en sus creencia y prácticas sobre cuestiones de tipo existencial, moral y sobrenatural, a esto lo denominamos religión, y nos hemos servido de ella para confiar nuestra existencia a algo o alguien que es superior a nosotros, y que es perfecto en espíritu y forma, al que debemos adorar, venerar y honrar. Tenemos una larga lista de etiquetas religiosas, que van desde el cristianismo al confucianismo, pasando por el judaísmo o el hinduismo, también hay gente que no cree en dioses, deidades o seres sobrenaturales, los etiquetamos como ateos, y luego están los que piensan que es imposible saber la verdad sobre la existencia de dios, de lo sobrenatural e inalcanzable, creando la duda y el escepticismo, a este grupo los llamamos agnósticos.


Si hay un denominador común que nos hace iguales a la mayoría de nosotros, es la espiritualidad, pero la espiritualidad que no está relacionada con las creencias religiosas o con algún tipo de deidad, la que tiene un sentido más filosófico, más amplio. A lo largo de la vida y desde que hacemos uso de nuestra conciencia, nos hacemos preguntas de tipo existencial, como por ejemplo: ¿de dónde venimos?, ¿quiénes somos?, ¿hacía dónde vamos?. Esto es algo intrínseco en el ser humano, nace en nosotros mismo y se desarrolla en nosotros mismos, no está perseguido ni controlado por ningún tipo de dogma que golpee nuestro ego o nuestra moral.

Este tipo de espiritualidad, que despierta y da vida a nuestra conciencia, es nuestra esencia. Somos seres inteligentes y la curiosidad por la vida y el porqué de las cosas, está implícito en nosotros, y no importa el lugar donde nazcamos, así sea en el más recóndito lugar de esté planeta, siempre querremos saber más... esta espiritualidad, sí está en nuestros genes.


Y para terminar esta opinión, he encontrado una frase de Robert Gree Ingersoll, líder político y orador durante la Edad de Oro del librepensamiento en Estados Unidos, con la que me identifico plenamente y que dice así: “La religión no admite, no puede admitir, un hombre libre. Solamente acepta el homenaje de los postrados y desprecia las ofrendas de los que se alzan erguidos”. Yo a esto añadiría que la libertad es una emoción, un sentimiento, por lo tanto es subjetiva en cada uno de nosotros y posiblemente, después de la propia vida, es nuestro mayor tesoro. 

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