Los preciosos zapatos abotinados de la firma chloé, contrastaban de una forma encantadora con los peldaños de la vieja escalera hechos de barro. Las escaleras del viejo edificio estaban más horribles que nunca. La humedad del otoño, había causado estragos en las paredes que se acolchaban por zonas creando globos, para terminar cayéndose a trozos dejando ver el antiquísimo muro de piedra.
El pasamanos de hierro fundido, que sudaba por la humedad del ambiente, guardaba toda la elegancia de antaño, cumpliendo todavía con su cometido del último siglo, servir a miles de personas que se habían sujetado en el para subir hasta el decimoquinto piso del edificio. Helena Torres subía las escaleras a toda prisa.
El pasamanos de hierro fundido, que sudaba por la humedad del ambiente, guardaba toda la elegancia de antaño, cumpliendo todavía con su cometido del último siglo, servir a miles de personas que se habían sujetado en el para subir hasta el decimoquinto piso del edificio. Helena Torres subía las escaleras a toda prisa.
De ascendencia catalana, a Helena se la podía definir como una mujer con una elegancia discreta, siempre con el pelo muy corto, dejando ver todo su rostro casi perfecto, cuadrado y amplio. El color azul de sus grandes ojos y el contraste del cabello negro eran suficientes para darle un atractivo más que contundente.
Había estudiado derecho para continuar con la saga familiar, tanto su padre como su madre eran destacados abogados. Pero su verdadera vocación era la psicología. Solamente los cuantiosos beneficios económicos que le daba la abogacía, compensaban su frustración vocacional. Esto hacía que a veces, de una forma que escapaba a su control, además de solucionar los temas legales de sus clientes como una profesional del derecho, terminara estudiando el porqué de la conducta de éstos, el comportamiento y el proceder de la gente era algo que le fascinaba.
Terminando de subir el último tramo del quinto piso, oyó a su amiga Anna que, desde dentro del apartamento, hablaba con alguien o casi vociferaba sobre algo relacionado con un taxi que llegaba con retraso. Cuando Anna abrió la puerta del apartamento antes de que ella pudiera tocar el timbre, pensó que existía la telepatía, pero nada mas ver su gesto nervioso mirando a una lado y al otro del rellano, mientras sostenía el móvil pegado a la oreja, se dio cuenta de que en realidad ésta estaba esperando a otra persona.
Anna Benzoni, era un mujer muy atractiva, de pelo largo ondulado color castaño, peinado con raya en medio, que dejaba caer con gracia un poco más abajo de los hombros. Su ojos almendrados, de color verde azulado, la definían como una persona inteligente y con mucha auto confianza. Le gustaba vestir con ropa de marca, siempre que pudiera permitírselo. Su trabajo como directora de importante agencia de moda y algún acierto en la bolsa, le daba cierta libertad financiera para darse algún capricho tipo Fendi o Roberto Cavalli, día si, día también.
Helena cerró la puerta tras de sí, echando una mirada a la derecha encontró las maletas de tamaño pequeño que utilizaba Anna para las salidas de los fines de semana. Parecía que un ciclón había pasado por allí, acostumbrada al orden de su amiga y al cuidado que siempre ponía en la casa, pensó que algo grave le había ocurrido.
Después de colgar el teléfono y atusarse el pelo, gesto característico en ella, le dijo a Helena —odio a ese imbécil, ¿cómo se puede ser tan cretino? —y mientras colocaba sus brazos en jarras, continuó—, no he sabido nada de él en tres días, ¿puedes creerlo?. Comenzó a ponerse los zapatos caminando a la pata coja por el apartamento, zapatos con un gran tacón de Valentino, que en opinión de Helena, no eran los más adecuados para cruzar la ciudad y mucho menos la T1.
—Aún faltan cuatro horas para que salga tu vuelo para París —le dijo Helena mientras se dirigía a la cocina para preparar un té— cuéntame lo que te ha pasado con el impresentable ese que tienes por novio, sabes que no me va a extrañar nada de él.
Anna llegó hasta la cocina saltando por encima de todo el desorden que encontraba a su paso, todavía con un zapato en la mano e intentando controlar el tono, porque llevaba horas gritando en sus pensamientos y temía que se convirtieran en gritos de verdad. —Preparé este viaje sólo por él, he tenido que mover toda mi agenda para acompañarlo a esa sesión de fotos. Solo eso ya me ha costado dinero. Y va y desaparece, se lo traga la tierra. Ni siquiera sé si se ha muerto, he llamado a todos sus amigos y amigas, a toda la familia que conozco.
Las dos amigas se habían conocido en la ciudad, hacía ya más de diez años. Durante ese tiempo se habían visto casi todos los días, a pesar de vivir a una considerable distancia. Eran ya muchas las cosas que habían compartido, experiencias de toda índole. Las dos pertenecían a pequeñas localidades y la llegada a la ciudad era casualmente para las dos una huida hacia una nueva vida.
