Lo observaba detrás de las gafas de sol ¡era tan guapo!
A esa
hora del día sus ojos azules parecían más intensos, la luz natural que entraba por la ventana los iluminaba de forma
extraordinaria. Su elegancia y distinción lo diferenciaba
del resto de los allí presentes.
La naturaleza había sido
derrochadora una vez más. Era un molde perfecto.
Él, esquivo y huidizo, evitaba mirarla. Claro, prefería observar
a las demás, nunca se sabe si alguien más interesante pudiera
reclamar su atención. La belleza física es solo decoración y le
otorgamos el derecho a ser arrogante, soberbia e incluso arisca.
Ella lo sabía, tenía experiencia en estos casos.
El tintinear metálico no la sacó de su contemplación, fue él mismo quien la devolvió a la cruda realidad… con gesto remoto y distante, casi protocolario, se acercó a ella y sin mirarla recogió su cubierto del suelo. Entonces le dijo, con un tono tan frío como el metal del tenedor sucio “─Señora, ahora mismo le traigo un tenedor limpio”.
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